
No es novedad que lo que pasa por dentro influye en gran medida en nuestro cuerpo y su estado de salud: las personas que tienen pensamientos positivos y que son más felices, también tienen un corazón más sano. Esta vez, la ciencia ha estado investigando al respecto y ha concluido que dicha relación no es sólo una presunción.
“Necesitamos desesperadamente ensayos clínicos rigurosos en este área. Si los ensayos respaldan nuestros hallazgos, los resultados serán entonces increíblemente importantes para describir de forma específica lo que los médicos y/o pacientes pueden hacer para mejorar la salud“, afirmó al respecto Karina Davidson, del Centro Médico de la Universidad de Columbia en un estudio publicado en el European Heart Journal.
Durante una década, Davidson y su equipo siguieron de cerca a más de 1.730 hombres y mujeres que participaban en un estudio de salud a gran escala en Canadá: además de medir la salud cardíaca y el riesgo cardiovascular, también se investigó sobre las emociones negativas -tales como sentimientos de depresión, hostilidad y ansiedad-, y, por el contrario, las positivas -alegría, entusiasmo y satisfacción- que experimentaban estas personas.
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Ya se ha dicho en muchas ocasiones que lo que “pasa por dentro“, y en todo sentido, repercute enormemente en nuestro estado de salud. Los pensamientos y emociones pueden ser mucho más benéficos o, por el contrario, dañinos, de lo que podemos creer. Una nueva publicación de la revista especializada Science viene a reforzar esta teoría.
Este trabajo incluyó dos estudios, uno de ellos, se realizó sobre supervivientes de accidentes cerebrovasculares (ACV), en el cual se halló que quiénes tras su problemática sentían apatía, desinterés y tristeza, tenían un índice de recuperación más lento, y el otro, encontró que aquéllas mujeres sanas de mediana edad que sentían desesperanza tenían un engrosamiento inesperado de la arteria carótida -la principal que irriga al cerebro-.
El primer trabajo, realizado por especialistas canadienses, evaluó la evolución posterior de unos 408 pacientes que habían pasado por un ACV, a través de consultas y cuestionarios a sus cuidadores.
Estos informes obtenidos indicaron que un tercio de estas personas tenían apatía menor durante el primer año, mientras que un tres por ciento tenían apatía pero en niveles más importantes.
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En lo personal, amo la siesta, aunque lamentablemente son muy pocos los días que llego a recostarme un rato por las tardes, ya que sea por uno o por otro motivo, no me da el tiempo, y no pasa más de ser un deseo, el cual muy pocas veces se concreta. Si tú eres de los afortunados que sí pueden, súmale otra buena “excusa” para cerrar los ojos y entregarte a la dimensión onírica sin culpas: según un estudio de la Universidad de California en Berkeley el dormir la siesta podría mejorar la sensibilidad del cerebro a las emociones positivas.
Los investigadores han encontrado que en los casos en que durante la siesta se llega a pasar por la fase REM (movimientos de ojos rápidos) se “refresca” la sensibilidad empática del cerebro para evaluar las emociones humanas de forma tal que se amplifiquen los aspectos positivos y, en contraste, se disminuya el sesgo negativo de las mismas.
Los resultados han mostrado que el cerebro emocional no se mantiene estable durante el transcurso del día, sino que, por el contrario, se producen cambios importantes en las reacciones emocionales. Y, en este contexto, las siestas con sueño REM modifican las emociones.
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Que las emociones pueden afectar nuestra salud tal vez no sea novedad, pero una nueva revisión realizada en los Estados Unidos, lo confirma: en específico, ciertas emociones negativas como el enfado o la hostilidad pueden ser perjudiciales para nuestro corazón.
“Nuestros resultados sugieren que para prevenir y tratar las enfermedades cardiovasculares con éxito es necesario un enfoque multidisciplinar que no sólo incluya las terapias físicas y farmacológicas convencionales, sino un tratamiento psicológico que se centre en estas emociones”, explicaron los autores de este trabajo que salió publicado en la revista especializada Journal of the American College of Cardiology.
Los investigadores norteamericanos realizaron una exhaustiva revisión de gran cantidad de estudios previos para concluir que estos sentimientos sí pueden incrementar el riesgo de sufrir algún problema coronario.
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Como todo en la vida, uno va aprendiendo: a expresarse, a comprender y también a “controlar” las propias emociones y las ajenas. Este último punto sería esencial para mantener una buena salud mental y para rendir más, y en todo sentido, también en la productividad en nuestro trabajo.
Así lo destacó Pablo Berrocal, profesor de Psicología de la Universidad de Málaga, y coordinador de las I Jornadas de Inteligencia Emocional en el Ámbito de la Salud, que se están llevando a cabo en Madrid, España.
Muchas veces habremos oído hablar de “inteligencia emocional”, pero quizá no comprendamos bien que se entiende por ella. Según explicó este especialista, la inteligencia emocional es “la capacidad que tenemos todos, en parte por genética y en parte como habilidad para desarrollar, para percibir nuestras emociones y las de los otros, comprenderlas, expresarlas y canalizarlas en nuestro beneficio”.
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Ya es sabido que toda emoción negativa no sólo es perjudicial desde un punto de vista, precisamente, emocional, sino que también repercute en nuestro organismo, en nuestra salud física. Sobre esta conexión ha salido recientemente un artículo en la revista Women´s Health.
Cuando las personas tienen rencor o piensan en situaciones de venganza, tanto la presión arterial como el ritmo cardiaco se incrementan casi en el doble su actividad normal. Si uno alberga estos sentimientos con frecuencia, y produce estos estados insanos, con el tiempo, no sólo genera estrés sino que también puede desencadenar en algún daño cardiovascular.
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