¿APLV o intolerancia a la lactosa?

Ricard Carreras, dietista-nutricionista de Smartfooding

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Actualmente, según la FEAD (Fundación Española del Aparato Digestivo), entorno a un 30% de la población española sufre intolerancia a la lactosa. Si hablamos de la alergia a la proteína de la leche de vaca, cerca de un 3% de la población infantil presentan síntomas desde los primeros días. De hecho, ésta es la primera alergia que debuta ya que forma parte del primer alimento en la dieta de un lactante.

Si eres una de las personas con alergia a la proteína de la leche de vaca (APLV), seguramente habrás vivido situaciones similares a ésta: te encuentras cenando tranquilamente en un restaurante y decides preguntar por los platos de la carta que tienen leche. ¿La respuesta más común? “Los platos han sido elaborados con productos sin lactosa”. La confusión en el sector de la hostelería es una realidad, pero no es el único, la sociedad en general presenta un gran desconocimiento acerca de las diferencias entre APLV e intolerancia a la lactosa.

La importancia de un buen diagnóstico

Aunque ambas implican que hay una problemática con la leche, ser intolerante a la lactosa no significa tener que retirar los productos lácteos per sé, aunque si lo que padeces es una alergia a la proteína de leche de vaca, con sólo haber un derivado de la leche o lácteo como ingrediente en un producto insospechado, puede ocasionar problemas, ¡aunque sea “sin lactosa”!

Llegado a este punto ¿qué sabemos de cada una de estas dos alergias? ¿qué tienen en común o en qué se diferencian?

Alergia a la proteína de la vaca (APLV): La alergia a la proteína de leche de vaca es una reacción del sistema inmunitario frente a una sustancia que identifica como dañina para nuestro organismo, haciendo una reacción en cascada frente a la proteína de la leche, que se encuentra en todos los productos lácteos (quesos, natas para cocinar, pastelería, etc.). Este tipo de alergia alimenticia se da mayoritariamente en la infancia y en bebés lactantes, afectando a un 2,5% de la población infantil. pero no olvidemos que la alergia a la proteína de leche de vaca (APLV) también puede empezar en la edad adulta.

Algunos de sus principales síntomas son la urticaria o la dermatitis atópica, entre otras. Sin embargo, el diagnóstico no es tan sencillo, ya que puede llevar a la confusión de síntomas con otras enfermedades digestivas o alergias, e intolerancias alimenticias (sobretodo en perfiles más adultos). Entre las pruebas más importantes de este diagnóstico se encuentran: el prick test y búsqueda de anomalías en sangre. Si existen dudas, el profesional médico puede pedir un testeo de proteína de leche de vaca (ingiriendo algún lácteo en pequeña dosis) para ver in situ la reacción o incluso una exploración intestinal.

Uno de los principales problemas del consumidor, a la hora de hacer la compra, es reconocer aquellos productos aptos para una persona con este tipo de intolerancia.

Entre los ingredientes a evitar se encuentran: caseinato de sodio, caseinato de calcio, caseinato potásico, caseinato magnésico, caseína, suero láctico, hidrolizado proteico, entre otras 21 aditivos, emulgentes, espesantes y acidulantes.

Fuente ingredientes: https://alergiaplv.wordpress.com/normas-dieteticas/

Intolerancia a la lactosa: La intolerancia a la lactosa, a diferencia de la APLV, es que en vez de una proteína de la leche, nuestro malo de la película es el azúcar de la leche, la lactosa.

Al ser el azúcar el implicado, nuestro sistema inmunitario no se pone en medio, ya que éste solo busca atacar alérgenos, que son proteínas. Pero entonces, ¿por qué nos cuesta digerirlo? Básicamente porque cuando tomamos leche con lactosa o cualquier producto con lactosa, nuestro sistema digestivo es incapaz de digerirlo, por ello la frase famosa de “la leche me sienta mal”. Esto se explica ya que cuando nos hacemos mayores vamos perdiendo la capacidad de digerir la leche, ya que la molécula de nuestro sistema digestivo encargada de digerirla, una enzima llamada lactasa, va disminuyendo su número en nuestro cuerpo.

Por ello, es tan diferente a la alergia a la proteína de leche de vaca, porque una detecta la proteína de la leche como enemigo por un “fallo de configuración” de nuestro sistema inmune causando una reacción alérgica en el cuerpo; y en cambio en la intolerancia a la lactosa, solo perdemos la capacidad de digestión de la lactosa, que no de la leche en general.

Cuando la lactosa no se digiere correctamente, ¿qué síntomas aparecen? flatulencia, hinchazón, cólicos y diarrea, esencialmente.

Al igual que sucede con el diagnóstico de la APLV, se deben hacer una serie de pruebas para estar 100% seguros. Algunos de los exámenes médicos que se incluyen en este proceso son: la prueba de aliento lactosa-hidrógeno, la prueba de tolerancia a la lactosa o el PH de las heces. Como tratamiento principal, debemos eliminar la lactosa de la dieta o reducirla, ya que a diferencia de la alergia a la APLV, no es necesario eliminar completamente los lácteos de la dieta si sufres de intolerancia, dependiendo siempre de la sensibilidad a la lactosa. Por ejemplo, los productos lácteos más fáciles de digerir por su menor cantidad de lactosa son: mantequilla, queso, lácteos fermentados, leche de cabra, el helado, etc.

En definitiva, no se puede eliminar de la dieta ningún alimento sin una prueba concluyente de que dicho alimento nos provoca molestia o ocurre una alteración extraña en nuestro cuerpo después de ingerirlo. La eliminación temprana de alimentos sin un diagnóstico podría ser un riesgo de posibles deficiencias nutricionales.

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